Un compa me dijo:
“Si quieres perder el miedo…
invita a cien mujeres a salir.”
Yo dije:
“¿Cien? … va pues, que empiece el experimento.”
Salí a la calle con nervio en la suela,
corazón golpeando como tambora de escuela.
Vi a la primera, respiré profundo,
“¿Quieres salir?”… silencio de un segundo.
Me dijo que no, ni modo carnal,
mi ego hizo “crack” pero sigo igual.
Dos, tres, cuatro… sigo caminando,
si el miedo muerde, yo sigo invitando.
Y entendí algo en el camino:
el “no” no me rompe el destino.
Solo es la puerta que hoy no giró,
mañana hay otra… ¡y vámonos!
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!
Que el miedo se vaya también.
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!
Que el “no” no te tumbe el tren.
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!
La pena se rompe también.
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!
¡Invita otra vez!
Para la veinte ya estaba tranquilo,
para la treinta solté el estilo.
Para la cuarenta ya me reía,
esto parecía comedia del día.
Entendí la regla del juego real:
si alguien dice “no”, no es personal.
No rechazan lo que soy por dentro,
solo la idea… en ese momento.
Porque mi valor no depende del sí,
no lo decide nadie por mí.
Si no lo ven… ni modo también,
yo sigo firme como tren.
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!
Que el miedo se vaya también.
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!
Que el “no” no te tumbe el tren.
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!
La pena se rompe también.
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!
¡Invita otra vez!
Noventa invitaciones después…
ya caminaba como si nada.
Y entonces lo entendí:
esto no era para conquistar a cien mujeres…
Era para conquistar
mi propio miedo.
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!
Que el miedo se vaya también.
¡Cien, cien, cien!
¡Invita a cien!